Pregón de 2010

“ PRESENTACIÓN DEL CARTEL, AÑO 2.010 “
Estimado Sr. Consiliario de la Hermandad, y párroco de la Parroquia de la Virgen de Gracia, estimada Hermana Mayor del Descendimiento, queridísimos hermanos todos en Cristo:
Es para mí un inmenso honor que se me haya encomendado la gratísima labor de presentar el Cartel de nuestro titular, el Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo, María Santísima de las Penas y San Pedro Poveda.
En primer lugar, quiero agradecer a Enrique Gómez Tejada que nos haya brindado esta foto, con la que –sin duda- y en la humilde opinión de este cofrade, ha sabido recoger el espíritu fundamental de nuestro conjunto escultórico. No olvidemos que, siendo la segunda vez que vamos a procesionar en Carrera Oficial con nuestro titular, es la primera en la que el cartel puede recoger el desfile procesional del año anterior.
En segundo lugar, quiero agradecer a los patrocinadores del cartel por haber sufragado el mismo, y por el apoyo que –incansable y repetidamente- siempre brindan a nuestra hermandad. Ellos, ciertamente, si me permiten la expresión “continuamente están haciendo barrio”.
Estableciendo una alegoría, una similitud y una correspondencia entre nuestro desfile procesional y la parte de la Pasión y Resurrección de Cristo que nuestro titular representa, ¿qué hacemos nosotros con nuestro paso?
¿Lucirlo por las calles de Guadix? Nunca debería de ser así, aunque a veces confundamos lo esencial con lo accesorio.
¿Competir con el resto de hermandades para ver quien lleva la mejor banda, quién lleva más flores, o quien lleva las flores más coloristas? Tampoco debería de ser así, aunque a veces lo pareciese…; ciertamente, los personas nos equivocamos, erramos, y no siempre asumimos nuestros errores.
No, nada de eso deberíamos hacer: Como muy bien nos ha enseñado don Manuel, el desfile procesional no es más que una manifestación pública de nuestra devoción a las imágenes.
Siguiendo con la alegoría de la que les hablaba antes, nuestro desfile procesional –por otra parte, como todos los desfiles, no podía ser de otra forma- tiene una primera parte en la que “vamos bajando” a Nuestro Señor Jesucristo de la cruz por esa Cañada de los Perales y por esa Calle de San Miguel, “Des-cen-diéndolo”.
¿Qué vemos? En este punto, les tengo que pedir disculpas. Este humilde costalero –orgullosamente- va debajo del trono y no puede hablar, ni definir, ni verbalizar lo “QUE VE”, ya que, por razones obvias de ir dentro de la parihuela, no vemos nada; como mucho, lo único que yo puedo compartir con ustedes, con vosotros, es “LO QUE SIENTE”.
Y, ¿qué siente? Yo creo que nuestra sensación debajo del trono es doble:
Primera, mentalmente, yo creo que podemos establecer la similitud con la cara de San Juan. Mirad su cara, refleja MIEDO, DESAMPARO. Ojalá pudiesen verlo más de cerca, con esas lágrimas cayendo de sus ojos, a punto de esconderse y diluirse en su barba. Miedo, dolor por la pérdida de su hermano Jesús; desamparo porque: ¿qué podemos hacer nosotros ahora sin ti, Señor? Mira de soslayo la figura de Cristo, pero está fundamentalmente pendiente del dolor de María, la Madre de Dios; para nosotros en su advocación de Mª Santísima de las Penas.
Los costaleros que vamos debajo del trono en esos momentos también sentimos responsabilidad; en confianza, y con la certeza de que sé que todos los aquí presentes no se lo van a decir a nadie, también sentimos miedo: ¿Seremos capaces de llevar a Cristo con la grandeza y solemnidad que se merece? ¿Aguantaremos tantas horas de desfile procesional? ¿Estaremos a la altura de la confianza que el barrio deposita en nosotros?.
La segunda sensación de la que les hablo es: ESFUERZO. Aquí la similitud la podemos establecer con José de Arimatea y Nicodemo, subidos en sus escaleras descolgando a Jesús. Ojalá pudiesen verle los ojos más de cerca a los dos, ensangrentados, el ceño fruncido, el rictus del esfuerzo reflejado en sus frentes. Notas cómo las trabajaderas se clavan en tus hombros, por momento crees que quizá llevas más peso del que puedas soportor, aunque inmediatamente te tranquiliza, te sosiega, te serena, pensar que infinitamente más sufrió Jesús en su subida al calvario y toda su Pasión y Muerte, y ni una sola palabra de queja siquiera balbuceó; por tanto, ¿con qué derecho te puedes tú quejar?.
Una vez que el desfile procesional ha pasado por Tribuna, nos queda la segunda parte de nuestro recorrido, quizá la más dura, sin duda la más empinada, aunque ciertamente la realizas con otra actitud. Siguiendo con la alegoría de la que os hablaba antes, pareciese que nosotros ayudásemos a “subir” a Jesús a los cielos. He dicho bien:
“Subir…”,
“Subirlo…”;
¿A los Cielos? Pues casi. Sin duda, nosotros, como simples mortales, no podemos irrogarnos poderes tan amplios, pero –si me permiten ustedes la licencia- lo subimos a nuestra Ermita, que para nosotros es tanto o más como subirlo a los cielos; y, si en ese camino, algo hemos contribuido a su subida al Cielo, a su resurrección, para sentarse –como bien dice la oración- “a la derecha del padre”, pues daremos, damos, el esfuerzo por muy bien empleado.

Pero les decía antes que Enrique había sabido recoger de forma muy clara el espíritu de nuestro desfile procesional y de nuestra imagen titular, ya que –si se fijan ustedes bien; y, por supuesto, a la salida todos aquellos que así lo deseen se pueden llevar un cartel- aunque pareciese que todo indica sufrimiento, desamparo, miedo, derrota, dolor…; no es así; fíjense bien, detenidamente…

En la composición del cartel de este año 2.010 hay 3 elementos que sintetizan el espíritu de dicha foto, que nos indican de forma fehaciente y expeditiva de qué estamos hablando, y que –a juicio de quien les habla- son imprescindibles para comprender y a-prehender no ya la fotografía, sino el trono, y –por supuesto- para mantener e incrementar nuestra fe:
Primero: la cara de Jesucristo. Es una cara de sufrimiento, de dolor, de desfallecimiento mortal…, pero no es de derrota. Me interesa mucho destacarles esto. Está vencido por cuando le han hecho sufrir los hombres, algunos hombres, los soldados romanos, pero no está derrotado. Tiene la serenidad de quien ha muerto cumpliendo la misión que tenía asignada en su vida. Lo están bajando de la cruz pero, a la vez, fíjense bien, ya está ascendiendo a los cielos.

Segundo: El Sol, la luz reflejada en su rostro y en su costado izquierdo. Recuerden ustedes el mal tiempo que hizo el año pasado, la prisa que hubo que darse para volver a nuestro templo, pero, a la salida, cuando todavía nos movíamos entre arcilla y chimeneas encaladas, cuando era la primera vez que nuestra Estación Pública de Penitencia se hacía por la tarde, pareciese que el Astro Sol, colándose por medio de gruesas nubes, quiso iluminar la cara de Jesucristo.

Tercer, y último elemento: Esa Rosa Roja. Es la nota de color, el contraste entre el azul del cielo, el blanco de las nubes y los tonos ocre. Es sencilla, majestuosa. Ha nacido a los pies del Calvario, y es el signo inequívoco de que existe vida después de la muerte. No podemos encontrar una prueba más contundente de la resurrección, y el hilo de esperanza que nos faltaba.

No quisiese terminar estas palabras sin hacerles un ruego: por favor, acompáñennos en nuestra Pública Estación de Penitencia, participen en la procesión, sean los ojos de las personas que vamos debajo del trono, para que luego, al terminar, nos cuenten lo que han “VISTO”; no tengan la más mínima duda de que los costaleros les contaremos lo que hemos “SENTIDO”, no “sentido” con el oído, sino con el corazón.
Gracias a todos por su asistencia y por la atención prestada.
Fdo. Jesús Fernández.

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